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jueves, 4 de diciembre de 2014

A 100 años de la entrada triunfal de Villa y Zapata en la ciudad de México, hoy México se plantea una nueva revolucion

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Fue un momento fundamental de la Revolución Mexicana, que se había iniciado en 1910 y que llegaría a su fin en 1920.
Los luchadores sociales, junto con sus fuerzas campesinas y militares, recorrieron entonces las calles de Ciudad de México, hasta llegar al Palacio Nacional, donde meses antes había estadoVenustiano Carranza, quien huyó hacia Veracruz para instaurar su gobierno.
Era el pelotón compuesto por los hombres de la División del Norte y del Ejército Libertador del Sur; dos fuerzas que se unieron en alma, corazón y armas.
Algo más de 50.000 hombres se concentraron en Chapultepec, y a las 11:00 de la mañana empezaron a avanzar por el Paseo de la Reforma, de acuerdo con un relato del investigador Alejandro Rojas, quien precisa que la jornada culminó cuando Villa, acompañado por Zapata, se sentó en la silla presidencial.
Para la investigadora Elsa Aguilar Casas, históricamente “la ruta de las guerra de México tenía como meta final la Ciudad de México”, por lo que toda fuerza armada debía buscar la manera de llegar a este simbólico lugar, que era sinónimo de la victoria. Era “el acto que legitimaba el triunfo”.
Durante la estancia de estas fuerzas en Ciudad de México, Villa ordenó cambiar el nombre de la calle de Plateros por el de Francisco I. Madero, con lo que demostraba su afecto y respeto a quien fuese su compañero de lucha.
Camino pedregoso
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Para llegar a Ciudad de México, los zapatistas y villistas tuvieron que trazarse un camino y una lucha que se vio sumida en sangre, guerra, esperanza y victoria.
Luego del asesinato de Francisco Madero I., quien gobernó México durante 1911 y 1913, y del vicepresidente José María Pino Suárezpor parte del general Victoriano Huerta, en México se desarrolló una lucha en contra de Huerta por la traición y el golpe de Estado que había dirigido.
Con el pasar del tiempo, la gestión gubernamental y fuera de la constitución de Huerta se hizo imposible de sostener, pues durante la dictadura militar disolvió al Congreso de la Unión y desconoció la Carta Magna, así como arreció la lucha que había iniciado en 1910 contra los zapatistas, pero que fue “detenida” en 1911 cuando formó parte del gobierno de Madero.
Para contrarrestar el terror instaurado por Huerta, las fuerzas revolucionarias impulsaron a Venustiano Carranza, quien fungió como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y encargado del Poder Ejecutivo.
Los cuerpos contrarios a Huerta aupaban el constitucionalismo frente a la dictadura, que se vio disuelta en 1914 cuando Huerta huyó de la capital y posteriormente presentó ante el Congreso su renuncia. Esto marcó el triunfo del Ejército Constitucional.
No obstante, los conflictos internos, tanto políticos como ideológicos, arreciaron.
“Si bien habían llegado a un acuerdo para conseguir la caída de Huerta, apenas alcanzado ese objetivo, las dificultades entre Villa y Carranza, y entre Zapata y Carranza se hicieron cada vez más delicadas”, relata Aguilar Casas en su texto “Villa y Zapata en la Ciudad de México”.
Es entonces cuando tiene lugar una reunión entre todas las fuerzas patriotas en la ciudad de Aguascalientes, donde Carranza recibió el rechazo de los zapatistas y villistas por no haber reconocido el Plan de Ayala, que contemplaba la reforma de las normas agrarias, la libertad, la justicia y la ley, y con la cual se desconoció el gobierno del presidente Francisco I. Madero (1911-1913), a quien se le acusó de traicionar las causas campesinas.
Para entonces fue imposible generar un acuerdo de desarrollo del país.
Zapata y Villa pactaron la unión de sus ejércitos e iniciaron así la guerra contra Carranza, quien era apoyado por el general Álvaro Obregón y que partió a Veracruz donde tenía el respaldo de invasores norteamericanos.
Con esta unión, la fuerzas zapatistas y villistas consiguieron entrar a Ciudad de México.
“En correcta formación, / alineada, estricta, justa / que a la ordenanza se ajusta / y a militar prescripción, / cada tupido escuadrón / desfiló bizarramente y pudo mirar la gente que la entrada presenciaba, / cómo el soldado marchaba / alta llevando la frente”, señala un poema de autoría anónima.
Posterior a este hecho histórico que marcó a la Revolución Mexicana, los ejércitos de Villa y Zapata se enfrentaron a Carraza durante 1915 y 1916.
Carranza, quien en 1917 fue electo presidente constitucional, promulgó la Carta Magna, en la que establecía el reparto agrario, con lo cual la causa zapatista perdió fuerza.
El 10 de abril de 1919, Zapata fue asesinado tras una orden autorizada por Carranza. Mientras tanto, Villa fue asesinando en una emboscada el 20 de julio de1923.
“Mejor morir de pie que vivir toda una vida arrodillado”, se recuerda hoy de las palabras de Zapata.

martes, 18 de noviembre de 2014

El día que Villa propuso a Zapata invadir Estados Unidos


 
Una carta en la que Pancho Villa le proponía a Emiliano Zapata invadir Estados Unidos se publicó en el libro “Nosotros los hombres ignorantes que hacemos la guerra”, una compilación de la correspondencia entre ambos insurgentes que se presentará en la Feria del Libro de Guadalajara.
 El documentalista Armando Ruiz Aguilar, autor del libro, destacó el valor de esta carta, que “ayudará a que mucha gente se siga enamorando” de estas dos figuras de la Revolución (1910-1917) tan decisivas para la historia de México, informó la agencia Efe.
 Al parecer, la carta habría sido redactada en enero de 1916 y, a la espera de una respuesta por parte de Zapata, otorgaba un plazo de seis meses para reunir a los suficientes soldados para llevar a cabo la invasión.
 “Hemos decidido no quemar un cartucho más con los mexicanos y prepararnos y organizarnos debidamente para atacar a los americanos en sus propias madrigueras”, le escribía Villa a Zapata.
 Tras ser hallado en la bolsa de uno de los mexicanos caídos en el ataque al fortín estadounidense de Columbus -considerado por muchos como el único atisbo de invasión de un extranjero a Estados Unidos- el documento permaneció oculto hasta 1975, cuando fue redescubierto en aquel país.
 Para Ruiz Aguilar, todo parece indicar que Zapata nunca tuvo la carta en sus manos.
 Respecto a qué habría sucedido si la hubiese leído, el autor del libro imagina que Zapata no habría aceptado la propuesta, ya que “su zona segura de acción era Morelos, Puebla y el estado de México (centro del país), y el desplazamiento al norte habría sido muy caro”.
 Según Ruiz Aguilar, la relación entre ambos personajes, “amable y políticamente correcta” a tenor de la correspondencia, da cuenta de “ese filón humanístico y político de saber, después de que la Revolución se prolongase y costara tantos muertos, que había que pensar en un proyecto de país”.
 “Sus personalidades eran muy diferentes pero cuando hay un interés en común, se pueden hacer muchas cosas”, subrayó.
 Mientras Villa era “muy norteño, más abierto”, prosiguió, Zapata era más retraído.
 Pero ambos eran “líderes naturales que ejercían una atracción magnética sobre sus soldados”, que jamás perdonaron una traición y que se ganaron adeptos “conviviendo con la gente lejos de la opulencia, sin ninguna clase de parafernalia”.
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 “Eso ayuda a que sigan vigentes como ‘los de casa’. No se venden ‘playeras’ (camisetas) de Venustiano Carranza ni de Lázaro Cárdenas, sino de Villa y Zapata”, diagnosticó.
 Villa y Zapata no eran esos pueblerinos incultos de los que a veces se ha hablado, consideró Ruiz, sino líderes “con una visión que iba más allá”.