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sábado, 30 de mayo de 2015

Juan Pablo II humilló a Monseñor Romero en el Vaticano

El día en que Juan Pablo II humilló a Monseñor Romero en el Vaticano
Antes de que las ruedas de una tanqueta pasaran por encima del rostro del sacerdote salvadoreño Octavio Ortiz, un verdugo le había cortado el cuello con un cuchillo. Los grupos paramilitares que respaldaban la dictadura del general Carlos Humberto Romero Mena, lo habían acusado de darle apoyo y de pertenecer a la guerrilla del Frente Farabundo Martí. Con Ortiz, eran cinco los religiosos asesinados en 1979 bajo la consigna: Haz patria, mata a un cura.
La extrema derecha que mandaba en El Salvador buscaba atajar a sangre y fuego los postulados de la Teología de la liberación asesinando religiosos. El  obispo de San Salvador, Óscar Romero quiso hacerle frente a la persecución a la que estaban sometidos los sacerdotes en su pais y viajó a Roma, a entrevistarse con el recién nombrado Papa Juan Pablo II. Era su superior  jerárquico  y se veía en la obligación de denunciar las atrocidades que se cometían contra la iglesia católica y sus prelados.
Monseñor Romero llegó con cita confirmada  al despacho papal pero no fue recibido. Los ayudantes del pontífice se las arreglaron para que la reunión no se diera. “Ya debes saber que el correo italiano es un desastre” fue la frase que le dieron como excusa. Le cerraron todas las puertas en su cara.
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Sin resignarse a regresar al Salvador sin haber hablado con el Juan Pablo II, monseñor Romero hizo la tarea como cualquier feligrés que viaja a Roma a conocer al Papa:  madrugó el domingo para estar en primera fila en la plaza de San Pedro a la espera del saludo. Cuando le llegó el momento de darle la mano simplemente le dijo: “Soy el arzobispo de San Salvador y necesito hablar con usted” . Sin otra salida, el Papa le concedió la audiencia para el día siguiente. .
Monseñor Romero colocó sobre la mesa del despacho una caja con los documentos e informes que revelaban los abusos, las calumnias, la campaña de difamación que el gobierno del general Romero Mera había emprendido contra la iglesia salvadoreña.
Impaciente, casi despreciativo el Papa le responde:  – ¡Ya les he dicho que no vengan cargados con tantos papeles! Aquí no tenemos tiempo para estar leyendo tanta cosa.
Sorprendido, con las lágrimas en los ojos, el obispo de San Salvador abrió el sobre que guardaba la foto del rostro del sacerdote Octavio Ortiz destruido.  Le contó la historia del origen campesino del cura, la tarde en que lo ordenó, el día en el que fue apresado por el gobierno sólo porque le estaba enseñando a los muchachos de un barrio humilde de San Salvador el evangelio. “Lo mataron con crueldad y hasta dijeron que era guerrillero…” Viendo la foto de refilón, Karol Wojty le preguntó “¿Y acaso no lo era?”.
Monseñor Romero soportó todo. El consejo del Papa no podía ser màs sorprendente: establecer puentes con la dictadura y le recuerda que el General es católico, y por tanto algo bueno habrá de tener.
Abandonado por su iglesia, el obispo endurece aún más su discurso en donde denunciaba la arbitrariedad y la represión del ejército y el hambre insaciable del “imperio del infierno” calificativo que le daría a los terratenientes. Las amenazas aumentan hasta que su círculo íntimo  decide como una precaria medida de seguridad, limitar sus misas al oratorio del hospital para cancerosos La divina providencia. Pero hasta allí llegaron sus verdugos. El 24 de marzo de 1980, tres meses después de haber estado en el despacho papal,   un francotirador, en plena homilía, le revienta de una bala  el corazón.
Monseñor Romero tras su muerte. Foto: archivo AP  Eduardo Vazquez Becker
Monseñor Romero tras su muerte. Foto: archivo AP Eduardo Vazquez Becker
El Vaticano mantuvo silencio, pero América Latina lo adoptó como el santo de los oprimidos. Treinta y cinco años después de que la causa de su canonización se hubiera dilatado por el desinterés del papado de Juan Pablo II en los sacerdotes del movimiento de la Teología de la liberación y con la ayuda cómplice para obstaculizar el proceso de los cardenales colombianos Alfonso López Trujillo y Darío Castrillón, Monseñor Oscar Romero fue beatificado en su  propia tierra donde libró su  gran batalla por volver realidad la palabra del evangelio.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Dictadura argentina: Pérez Esquivel acusa a la cúpula de la Iglesia

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El Premio Nobel de la Paz 1980, Adolfo Pérez Esquivel, acusó a la cúpula de la Iglesia Argentina y a sectores del Vaticano de ocultar al Papa Juan Pablo II lo que estaba sucediendo en el país “con los desaparecidos y el robo de criaturas”.
Pérez Esquivel también recordó las entrevistas con el por entonces Nuncio Apostólico en la Argentina Pio Laghi con quien, según afirmó, mantuvo “una discusión muy dura” en torno a las denuncias por las desapariciones y violaciones a los Derechos Humanos que se estaban sucediendo.
“Yo no puedo hacer lo que los obispos argentinos no quieren hacer”, fue la respuesta del representante del Vaticano, quien le informó al dirigente del Servicio de Paz y Justicia que la noche anterior a ese encuentro habían habían estado en la Nunciatura los tres comandantes de las Fuerzas Armadas.
El referente de los derechos humanos declaró este martes como testigo en el juicio que se sigue por la implementación de un plan sistemático para la apropiación de hijos de desaparecidos, que lleva adelante el Tribunal Oral Federal 6 (TOF 6).
Las entrevistas relatadas por Pérez Esquivel se sucedieron entre 1975 y los primeros meses de 1976, antes del golpe de Estado, pero ante una pregunta del abogado querellante de las Abuelas de Plaza de Mayo, Luciano Hasan, recordó haber sostenido una última entrevista con Laghi “en los días posteriores” al 24 de marzo de 1976, en la cual el prelado le confió haberle dicho a los miembros de la Junta militar que estaba “recibiendo muchas denuncias por violaciones a los derechos humanos”.
“Sabemos que había obispos argentinos que apoyaban la dictadura, como Bonamin, Plaza, Graselli, quienes estaban de acuerdo con lo que se estaba haciendo”, advirtió.
También recordó que se efectuaron denuncias ante la Comisión de Justicia y Paz del Episcopado argentino, las embajadas de distintos países de Europa, Canadá y los Estados Unidos y que varios de ellos efectuaron reclamos a la dictadura argentina.
Tras recibir el galardón que otorga el Parlamento de Noruega en 1980, Pérez Esquivel aprovechó para solicitar una audiencia con el Papa Juan Pablo II “con quien mantuve una discusión muy dura, porque no sabía qué información le llegaba”.
Durante la entrevista con el máximo dignatario de la Iglesia católica, el dirigente le entregó un dossier con el relato de lo que estaba sucediendo en la Argentina, y le señaló que ese documento se lo habían hecho llegar “por tres canales”.
El Papa le dijo: “esto nunca llegó a mis manos”.
Al respecto recordó que en ese momento el dossier incluía la desaparición de “54 niños”, un número “que fue aumentando en la medida que se iba conociendo de nuevos secuestros y desapariciones”.
Pero el Papa también le retrucó que además debía ocuparse “de los países comunistas”, a lo que Pérez Esquivel le respondió “que esta desaparición de niños lo hizo una dictadura que dice defender los valores occidentales y cristianos”.
Admitió que un mes y medio después de aquel encuentro, Juan Pablo II “por primera vez habló en el balcón de San Pedro en el Vaticano acerca de los desaparecidos en la Argentina”.
También explicó haber intentado infructuosamente efectuar sus denuncias ante la Comisión de Justicia y Paz del Vaticano, pero -según reconstruyó- su máximo responsable “me siguió para decirme tengo orden de no recibirte”.
“Esto tiene que ver con el Episcopado argentino y la nunciatura”, especuló Perez Esquivel, quien recordó haber mantenido seis entrevistas más con el papa.
Por último, reivindicó la actuación de los obispos Enrique Angelelli, Miguel Hesayne, Jaime de Nevares y Alberto Devoto de Corrientes, el primero y el último de ellos asesinados durante la dictadura.